Capítulo 15
Salgo de la tienda en al que dormía, aunque ni siquiera estoy vestida. No logro identificar el lugar del que proviene la voz de Garel, sólo sé que tengo que encontrarle. Tras dar varias vueltas sin resultado entro apresuradamente en la tienda en la que sé que está mi marido. Me abalanzo hacia él.
-¿Qué me has hecho Keneth? ¡Responde!- no puedo contener mi ira, ayer impidió que ayudase a Garel, y eso para mí es algo imperdonable. Los dos soldados con los que estaba hablando se han retirado disimuladamente. De mis ojos parecen salir chispas cuanto más me acerco a él, pero mi marido sonríe.
-No te preocupes, tu amado Garel está bien.- Estoy tan cerca de él que puedo notar su respiración sobre mi pelo.
-No has respondido a mi pregunta.- parece contrariado, mueve los ojos de un lado a otro, supongo que pensando.
-Hoy te necesitaba lúcida, ya que llegaremos a la corte de Derán. Pero no eres la única, también dormí a mi padre. Ayer no me hubieseis ayudado en absoluto, en cambio hoy os necesito.- Cierro los puños con fuerza, haciéndole sabe todo mi odio y mi ira contenida. Él no es quién para decidir si soy útil o no, y así se lo hago saber.- Pero si lo hago por ti.- suspira con una sincera sonrisa.- Me pediste que no pusiera en peligro a Garel. Si tú estabas en la batalla tu amigo hubiese hecho lo imposible por que a ti no te ocurriese nada, y dado el gran número de enemigos que tienes eso no le hubiese puesto en aún mayor peligro.
He de reconocer que sus pensamientos son lógicos, aunque probablemente se los acabe de inventar. Tengo que ver a Garel, tengo que saber cómo está. Keneth lee en mi mirada y me indica cuál es la tienda de enfermos. Al pasar al lado de ella caigo en que antes no me había atrevido a entrar al ver a un hombre que entraba a toda prisa. Pensaba que sería una tienda de reunión o algo así. Pero al correr la cortina de entrada veo el gran error en el que me encontraba. Decenas de hombres están tumbados o sentados, convalecientes, vendados y pálidos como el papel, muchos de los que están tumbados tienen los ojos cerrados, por lo que temo que hayan muerto. El encargado de los enfermos me comenta que no ha habido ninguna baja, y que a lo sumo serían dos o tres. Parece poco, pienso, teniendo en cuenta que han sido heridos en plena emboscada. Pero es Saskia quien me pone al corriente de lo que realmente ocurrió anoche, ella está curando a un enfermo, que la mira con cara de terror al oír que va a relatar los acontecimientos que me he perdido. Me explica que, cuando nos tendieron una emboscada, parecía que unas fuerzas chispeantes luchaban a su favor, por eso consiguieron no tener apenas bajas. Se me corta la respiración al oír la descripción de los seres chispeante, ya que me recuerdan, aunque no con exactitud, a las sombras. Le pregunto por Garel y me indica que está cogiendo agua en un riachuelito.
Siguiendo sus indicaciones voy en su búsqueda, pero para cuando lo encuentro ya está entrando en la tienda de abastecimientos a dejar el líquido que ha recogido. Nuestras miradas se cruzan, profundamente, veo que tiene el brazo derecho vendado, y hace las cosas con dificultad. No puedo contener las lágrimas de la impotencia, de la culpabilidad de no haber podido hacer nada para evitar que le lastimasen. Llorando me acerco a él, enfadada, tampoco él había evitado ponerse en peligro. Cuando estoy pegada a Garel comienzo a propinarle pequeños puñetazos en el pecho, como si eso sirviera de reprimenda. Él me cubre con el brazo que tiene sano.
-No debiste haberte hecho nada.- le chillo, y mirándole a los ojos le dije.- te lo ordené, soldado Garel, te lo ordené.
Pero él no baja la vista, parece sentirse orgulloso de estar malherido.
-Pero también es mi deber proteger a mi rey, reina Syra, y eso es lo que hice.- tras pronunciar estas palabras serio, me sonríe- además, sólo son dos puntos.
Las lágrimas vuelven a brotar. Le tomo el rostro entre mis manos y le beso con furia, con pasión. Me siento dolida, pero es el dolor a perderle lo que me vuelve loca. Por un momento he imaginado mi vida sin él, todo a mi alrededor se ha vuelto gris, he vivido toda mi vida cerca suyo, no puedo pensar en nada más. Él forma una parte indispensable de mi vida, él es la parte de mujer que soy, él me hace sentir normal. Nunca había tenido tanto miedo por él, sí que habíamos salido en expediciones, pero nunca le he visto tan vulnerable, puede que antes no me sintiese así porque sabía que podía protegerle, pero ahora que sé que no puedo, me siento inútil. Él continua mi beso con naturalidad, como si nos besásemos todos los días, me estrecha contra su cuerpo y, cuando nos separamos, entierra su cabeza en mi pelo, como tanto le gusta hacer.
-¿No me odiabas tanto? – le susurro. Noto como él sonríe.
-No se pueden rechazar los labios de una reina.- Siento un gran fuego en mi interior que me instiga a volver a besarle, y a dejarme llevar. Pero sé que no puedo, así que jadeando me separo de él y me alejo.
Paso el día lacónicamente, mirando el ir y venir de los soldados sin interés ninguno. Y es poco antes de la caída del sol cuando me decido. Pongo una excusa a mi marido y me encamino a caballo hacia la cabaña de Iraís.
Esta noche la veo incluso más espeluznante que ayer, puede que porque en la visita anterior Keneth estaba a mi lado. Imitando a mi marido empujo la puerta, que se abre sin ofrecer resistencia. En su interior, Iraís permanece en la misma posición que ayer, sentada en el mohoso taburete, sin mirar a ninguna parte.
-Soy Syra.- digo en voz baja, pero al finalizar mi nombre me sale un horrible gallo. Ella se posiciona frente a mí y me sonríe, con ese rostro infantil que me hace estremecerme.
- A qué ha venido, reina.- pregunta con sutil delicadeza.
-Quiero pedirte ayuda.- ella suena una risita disonante.- quiero que protejas a Garel, a cambio de lo que quieras.
-¿Podría echarle un vistazo a tu alma?- cierro los ojos con fuerza antes de asentir, poco después, pierdo el conocimiento.
El fondo es blanco, pero un blanco sucio imperfecto. El ser semincorpóreo se mueve con naturalidad, a la espera del ente que, según sus cálculos, no tardará en venir. Pero en su lugar aparece un ser blanco, de forma humanoide, pero de rasgos no definidos. Parece que el ser le conoce, ya que pone una mueca de disgusto.
-No puedes ver ese ente, ¿quién te dio permiso?- el ser se lo comenta, pero el humanoide sólo asiente.- Aún así sabes que no puedes, es la Hija.
El ser, resignado, se funde con el fondo, sabe que no conseguirá lo que estaba buscando.
-Él le ha parado los pies.- comenta la más mayor.
-Pero esta vez.- ambas suspiran con el comentario de la más joven.
No dedico demasiados pensamientos a Syra, ya que hoy la alegría me embarga, el guapo Érik me ayudará en la investigación. Sólo el beso de Éren enturbia hoy mis pensamientos.
martes, 14 de diciembre de 2010
martes, 7 de diciembre de 2010
Las Hijas de la Luna- XIV
Capítulo 14
Un agrio silencio se impone, trato de situarme y de reaccionar racionalmente, pero el miedo me impide pensar. Dos de las sombras desaparecen y vuelven tras unos minutos. Ahora les puedo contemplar más de cerca, son negras y me recuerdan a personas encapuchadas. No tienen ojos ni boca, pero yo noto cómo me miran y les oigo hablar. Permanecen en silencio desde que he gritado, supongo que planearán algo, quizás quieran llevarme con ellas. Me pongo en pie y ellas se alejan unos pasos. Alzo la voz.
-No queréis llevarme con vosotras, aquí me tenéis.- Murmuran algo que no comprendo y dos de ellas se adelantan. Noto una especie de pulso cuanto más se acercan.
-Así que eres tú el ente de Él busca.
-¿Quién es él?- las pulsaciones que emanan las sombras se agitan, por lo que noto que no les ha gustado mi pregunta.
-¿Ella lo sabe?- me preguntan, no sé a quién se refieren y se lo hago saber, las pulsaciones vuelven a acelerarse.
-A la Hija… a Syra.- Las sombras revolotean a mi alrededor como si estuviesen impacientes por irse.
-¿De quién es hija Syra?
-Él te quiere Hermana, no dejes que te lleve.- comienzan a desvanecerse, no puedo permitir que se vayan, extiendo el brazo y logro rozar a una de ella. Un escalofrío me recorre, pero no duele, es dulce, como un abrazo. “Hermana” esta palabra resuena en mi cabeza. Me siento, abatida, en el suelo, esto se me está yendo de las manos, no entiendo nada. Tardo aún un rato en levantarme y bajar a desayunar. La casa está muy silenciosa, incluso demasiado, me pregunto dónde estará mi tía Margot. Supongo que habrá salido o compra, o algo parecido. Desayuno tranquilamente, pero cuando voy a por la mochila oigo un ruido que procede de la habitación de mi tía. Sin pensármelo dos veces me lanzo hacia allí, pero cuando abro la puerta me quedo paralizada, mi tía está tirada en el suelo, gimiendo, parece totalmente desorientada. Tardo aún unos segundo en darme cuenta de que dice mi nombre. Inmediatamente la ayudo a incorporarse y se sienta en la cama, respirando con dificultad. No encuentro palabras para calmarla, así que guardo silencio hasta que ella me pregunta.
-¿Qué ha sido eso?- me explica lo sucedido, que me ha oído chillar, que ha ido a ayudarme y que se pronto se ha desvanecido. Sin mediar palabra me pongo en pie y, echándome la mochila al hombro, abro la puerta para salir. Mi tía me sujeta el brazo, impidiéndome avanzar.
-¿Qué ha ocurrido?- pronuncia lentamente. Bajo la cabeza, avergonzada.
-Las sombras.- no digo más, no sé si ella no entiende o no, sólo sé que no puedo quedarme ni un minuto más cerca de ella.
Mientras estoy en clase no dejo de pensar en mi tía, es un daño colateral, ellas no deberían haberle hecho nada. Me siento muy culpable, yo quería que viniesen a buscarme, pero de todas formas, no he conseguido nada. Medito las mejores opciones y me decanto por la más simple, ir a la Biblioteca en busca de información. Pero antes de poder poner en marcha mi plan Éren me coge del brazo y me lleva a una esquina para hablar. Aún cuando ya estamos alejados de la gente me sigue sujetando con firmeza el brazo, pese a que yo trato de soltarme.
-Tienes que ser más prudente, ayer de poco te desvaneces para siempre.- por lo que veo habla de las sombras. Pero su tono no es de miedo, si no de resignación, como si esperase que eso ocurriese, pero en otro momento.
-Debiste haberme dejado con ellas.- Me suelta el brazo, en el que han quedado unas pequeñas marcas, y me mira con ternura. Dice algo en voz muy baja, así que no le entiendo. Se inclina hacia mí y se queda a un centímetro de mis labios, aspira y me da un suave beso, un beso dulce, sincero, un beso cargado de ternura, me duele decirlo, pero un beso de despedida. Veo como se aleja, perdiéndose en las calles, durante unos minutos soy incapaz de reaccionar, luego, avanzo automáticamente.
No se puede decir que la Biblioteca sea un edificio llamativo, de un gris piedra bastante común, no se diferencia demasiado de los edificios de alrededor, si no fuera por la escalinata que sube hasta la puerta principal. Una vez dentro la penumbra es monótona y pesada. La gente son simples siluetas difuminadas, parece que hayas entrado en otro mundo. Las estanterías, todas iguales, se alzan hacia un techo inalcanzable, formando un laberinto tapizado por tomos de todas las clases y colores. Me siento intimidada, la gente te mira como si hubiese invadido un rinconcito privado de sus vidas, y probablemente sea así. Sé que me he perdido cuando aparezco frente a una puerta en la que pone “ALMACÉN” Genial, ahora como salgo de esta. Me acerco a la puerta cuando alguien la abre con brusquedad y, golpeándome en la frente, me tira al suelo. Rezo por no haberme roto nada cuando un chico moreno me levanta, tiene los ojos grises y una sonrisa abierta y sincera.
-Lo siento, lo siento de veras.- no puedo hablar, entre la conmoción del golpe y de ver a ese chico soy incapaz de hilar dos pensamientos coherentes.- ¿Te has perdido?
Increíble, además de guapo, lee los pensamientos. Asiento a duras penas y, poniéndome de pie, él me guía sin que me dé cuenta al puesto de información. Aprovechando que me he apoyado en la mesa de madera se cambia de lado y, prendiéndose de la camisa una tarjeta, me pregunta por mi búsqueda. Miro la tarjeta con curiosidad, en la foto sale con el pelo revuelto y una mueca pícara, que denota seguridad. Más abajo pone “Érik, encargado del puesto de consulta” Así que Érik.
-Yo soy Iara.- me presento, él pone una mueca, no me ha dicho su nombre, entonces se percata de la tarjeta y se echa a reír.
-Encantado ¿Qué es lo que buscabas?- Mientras pienso las palabras claves tamborileo los dedos con nerviosismos.
-Entes y Sombras.- digo al fin, no sé siquiera si eso existirá, pero su rostro muda para mostrar una gran preocupación.
-Ven mañana y te ayudaré.- dice y, tras esto, sonríe.
No puedo quitarme de la cabeza al chico de la Biblioteca, tampoco será mucho más mayor que yo, pensando en eso casi se me ha olvidado el beso de Éren, pero el recuerdo vuelve y con él me duermo.
-Empiezan a saber cosas.- comenta la mujer mayor, mientras se lleva las manos a la cabeza y se masajea las sienes.
-Tarde o temprano tendrán que saber toda la verdad.- advierte la joven, que parece tener la mente en otra parte.
- Ya están todos los peones sobre el tablero.- Comenta la más mayor mirando hacia arriba, como esperando alguna señal.
No es un despertar dulce, sino brusco, como si me hubiesen agitado. Pero no, no hay nadie cerca, sólo se oye un grito y a alguien hablando.
-No chilles Garel, son sólo dos puntos.- Mi corazón se encoge.
lunes, 29 de noviembre de 2010
Las Hijas de la Luna- XIII
Capítulo 13
Me sorprende la tranquilidad con la que habla, como si irse a la guerra fueran unas vacaciones. Suspiro y me pongo en pie buscando mi ropa, mi marido hace una reverencia y sale de la habitación. Cuando me visto me reúno con él en la sala de Estrategia. Está apoyado en la mesa, solo, mirando el mapa fijamente, inmerso en sus cavilaciones. Me coloco a su lado.
-Sabes ya qué hacer.- Niega con la cabeza y sigue mirando el mapa. Señala un punto, un valle a medio camino entre Derán y Kniss.
-No llegaremos más lejos de aquí esta noche, tendremos que acampar por esta zona.- Me acerco y miro el lugar imaginando las posibilidades de un ataque. Suspiro.
-Sería el lugar ideal para un ataque.
-Eso ya lo he pensado.- no le comprendo y se lo hago saber.- Simplemente tenemos que esperar a que nos ataquen… y estar preparados.- Me explica paso a paso su plan, que, aunque no es brillante, nos permitirá despertar con vida. No se me ocurre nada que corregirle, así que ambos permanecemos en silencio esperando a que alguien nos llame para desayunar.
-¿Ha partido ya tu padre?.- pregunto fingiendo indiferencia, pero la realidad es que no le quiero tener ni un minuto más en mi castillo.
-Aún no, dice que vendrá con nosotros.- No puede evitar tensarme.
-Es peligroso, él ya es mayor.- No le da tiempo a responder, ya que una criada nos anuncia que el desayuno está servido. En la mesa se encuentra Garlión, bebiendo vino y comiendo todo lo que está servido. Cuando nos ve se echa a reír.
-Princesita, princesita, o debería decir reinecita, reinecita.- Aprieto los puños evitando responderle. Mi marido me toma la mano con cuidado.- Y dime Reina de Kniss, ¿me darás ya un nieto?- Pienso responderle algo cuando Keneth se adelanta.
-En ello estamos, padre.- Y toca mi vientre con delicadeza, como queriendo decir que ahí puede haber ya un bebé. Su padre sonríe, satisfecho. Y felicita a su hijo mientras bebe sin cesar. No desayuno demasiado, tampoco tengo hambre. Mando llamar a Garel a la Sala de Estrategias, y, disculpándome, voy yo misma a esperarle. Cuando aparece se muestra sonriente, tranquilo.
-¿No tienes miedo?- Pregunto. Él niega, mientras se me acerca, me abraza con cuidado, enterrando la cabeza en mi pelo.
-¿Y tú?- tardo unos minutos en responder, la respuesta es obvia, aunque Keneth tenga un plan, a mí no me convence. Permanecemos así abrazados hasta que Saskia entra por la puerta, no nos molestamos en separarnos, ella es de confianza.
-Majestad.- no hace falta que le diga nada para que vuelva a tratarme de Syra.- Me gustaría pedirte… me gustaría ir con vosotros hacia Derán, y hacia Forald.
Me separo de Garel y me acerco a ella, mirándola extrañada.
-Me gustaría saber si es cierto que Alec ha muerto…- titubea, pero no me extraña.- si es así dar el pésame a sus padres…
Mi amigo se acerca enervado dispuesto a abofetear a mi mejor espadachín. Me interpongo para que no le alcance.
-¡Cómo puede decir eso! ¡Es un enemigo de Kniss!
-¡Garel!- al ir su nombre se calma pero sigue mirando con desprecio a Saskia.- Alec por ahora es sólo un príncipe, no tiene nada que ver con las decisiones políticas de su padre.
Me mira, con horror, como si no pudiera imaginar que yo le dijese eso. Se va con paso firme y deduzco que estará molesto durante un tiempo. Saskia se acerca y se disculpa, le resto importancia y le comunico que podrá venir con nosotros.
Mi marido me espera con los caballos ensillados y todo el ejército que nos acompañará, ya en guardia. Puedo ver la cara de enfado de Garel, y como evita mirarme a toda costa, Keneth lo nota, y me mira interrogante. Cuando comenzamos la marcha decido quedarme en la retaguardia, con Saskia, no hablamos, pero su compañía silenciosa me agrada. Garel se retrasa a dar un par de órdenes y nuestras miradas se cruzan, finge no haberme visto. Mi amiga se coloca a mi lado.
-Tú me entiendes ¿no?- asiento.
-Haría lo que fuera por Garel, incluso enfrentarme al enemigo.
-Él haría lo mismo por ti.- no respondo, espero a que Saskia se aleje de nuevo y espoleo mi caballo a la altura de mi marido.
-¿Ocurre algo con Garel?- suelto un suspiro resignado, y él deja el tema.
Antes de caer la noche llegamos a las montañas, que nos harán de cobijo esta noche. Keneth da unas pocas indicaciones y él y yo nos separamos del grupo, encaminándonos hacia un camino pedregoso. Llevamos un cuarto de hora de camino, cuando vislumbramos a lo lejos una luz, titlante. Nos acercamos con sigilo, mi rostro muestra todas mis dudas y él me sostiene la mano con delicadeza cuando bajo del caballo. Ante mis ojos aparece una diminuta cabaña de madera, un pequeño humo de un color extraño sale de la chimenea, estamos en medio del bosque y la sensación es aterradora. Me acerco aún más a Keneth, aunque trato de no mostrarme asustada. Cuando llegamos a la puerta puedo ver que está mohosa, pero mi marido la empuja sin miramientos, ni siquiera llama. Dentro hay una figura, sentada en un taburete, mirando el suelo. Parece que no respira, está inmóvil, y, aunque estoy segura de que nos ha oído entrar, no hace el menor movimiento.
-Soy Keneth.- murmura mi acompañante. En un instante la figura está de pie enfrente de nosotros. Es una mujer, alta, con el cabello de un rubio platino y mechones oscuros. Sus ojos son de un blanco ligeramente metalizado, me traviesan y le noto inspeccionar mi alma. Tiene un rostro dulce y hermoso, infantil, como el de una niña que ha crecido de repente. Entonces me sonríe.
-Tú debes de ser la esposa de Keneth, la reina Syra de Kniss.- no muevo ni un músculo, pero ella hace una elegante reverencia. Lleva un vestido oscuro hasta los pies de anchas mangas, ceñido a la cintura con un trozo de tela a modo de cinturón.
-Syra, esta es mi gran amiga Iraís, ella nos va a ayudar.- Comienzan a hablar en un idioma que no comprendo, Iraís parece encantada de que Keneth haya venido a visitarla. Nos ofrece un té que, pese a su aspecto repugnante, resulta delicioso. Durante al menos una hora permanezco en silencio, dejando que ellos hablen, sin preguntar, si interrumpir. La cabaña de la chica no es precisamente acogedora, la madera está húmeda y el frío te cala hasta los huesos, hay botes con diversos contenidos repartidos por la única habitación. No veo cama ni camastro, tan siquiera unas mantas, tampoco hay comida, sólo olores repugnantes. La voz de Iraís es delicada, pero su hablar rápido y conciso. Cuando acaban ambos se ponen en pie, yo hago lo propio. Nos despedimos se ella y retornamos al campamento con los caballos. Por el camino Keneth me explica qué hacer a continuación. En un lugar cómodo montaremos las tiendas más grandes, en las que Garel y Saskia se harán pasar por nosotros, en cambio, nosotros dos dormiremos en las tiendas barracón. Le miro con firmeza.
-Como el ocurra algo a Garel…- le amenazo, él sonríe.
-Lo sé, eres capaz de cortarme la cabeza con tus propias manos y enfrentarte a todo el ejército de Derán tú sola.- Asiento, dejándole claro que haría exactamente eso. Cuando llegamos a dónde el ejército está apostado se nota la impaciencia, y cuando mi marido explica el plan, la incomprensión.
Al ser ya noche cerrada todos nos metemos en nuestras tiendas, pero antes de ir a la mía me paso por la de Garel. Él me mira con indiferencia, pero yo le sonrío.
-Tienes la orden de que no te pase nada, soldado.- Logro que sonsaque una sonrisita que me tranquiliza.
Aún no he logrado conciliar el sueño cuando suenan unos golpes, inmediatamente después, estallidos. Me levanto a todo correr, y sin pensarlo, tomo mi espada y me lanzo hacia la tienda de Garel. Keneth me sujeta, impidiéndome avanzar.
-Tienes que dormir.- grita.
-No puedo dormir, Garel y todos nosotros estamos en peligro.- Pero no hay peros que valgan, mi marido acerca un paño húmedo a mi rostro y me duermo inmediatamente.
Mi despertar es violento, como si acabase de despertar de una pesadilla. Por mi mente pasan imágenes de Syra, Garel, Keneth e Iraís. Trato de respirar con normalidad, pero de pronto observo como al mi alrededor están reunidas un grupo de sombras, murmurando unas palabras en algún idioma extraño. No puedo por menos que chillar.
Me sorprende la tranquilidad con la que habla, como si irse a la guerra fueran unas vacaciones. Suspiro y me pongo en pie buscando mi ropa, mi marido hace una reverencia y sale de la habitación. Cuando me visto me reúno con él en la sala de Estrategia. Está apoyado en la mesa, solo, mirando el mapa fijamente, inmerso en sus cavilaciones. Me coloco a su lado.
-Sabes ya qué hacer.- Niega con la cabeza y sigue mirando el mapa. Señala un punto, un valle a medio camino entre Derán y Kniss.
-No llegaremos más lejos de aquí esta noche, tendremos que acampar por esta zona.- Me acerco y miro el lugar imaginando las posibilidades de un ataque. Suspiro.
-Sería el lugar ideal para un ataque.
-Eso ya lo he pensado.- no le comprendo y se lo hago saber.- Simplemente tenemos que esperar a que nos ataquen… y estar preparados.- Me explica paso a paso su plan, que, aunque no es brillante, nos permitirá despertar con vida. No se me ocurre nada que corregirle, así que ambos permanecemos en silencio esperando a que alguien nos llame para desayunar.
-¿Ha partido ya tu padre?.- pregunto fingiendo indiferencia, pero la realidad es que no le quiero tener ni un minuto más en mi castillo.
-Aún no, dice que vendrá con nosotros.- No puede evitar tensarme.
-Es peligroso, él ya es mayor.- No le da tiempo a responder, ya que una criada nos anuncia que el desayuno está servido. En la mesa se encuentra Garlión, bebiendo vino y comiendo todo lo que está servido. Cuando nos ve se echa a reír.
-Princesita, princesita, o debería decir reinecita, reinecita.- Aprieto los puños evitando responderle. Mi marido me toma la mano con cuidado.- Y dime Reina de Kniss, ¿me darás ya un nieto?- Pienso responderle algo cuando Keneth se adelanta.
-En ello estamos, padre.- Y toca mi vientre con delicadeza, como queriendo decir que ahí puede haber ya un bebé. Su padre sonríe, satisfecho. Y felicita a su hijo mientras bebe sin cesar. No desayuno demasiado, tampoco tengo hambre. Mando llamar a Garel a la Sala de Estrategias, y, disculpándome, voy yo misma a esperarle. Cuando aparece se muestra sonriente, tranquilo.
-¿No tienes miedo?- Pregunto. Él niega, mientras se me acerca, me abraza con cuidado, enterrando la cabeza en mi pelo.
-¿Y tú?- tardo unos minutos en responder, la respuesta es obvia, aunque Keneth tenga un plan, a mí no me convence. Permanecemos así abrazados hasta que Saskia entra por la puerta, no nos molestamos en separarnos, ella es de confianza.
-Majestad.- no hace falta que le diga nada para que vuelva a tratarme de Syra.- Me gustaría pedirte… me gustaría ir con vosotros hacia Derán, y hacia Forald.
Me separo de Garel y me acerco a ella, mirándola extrañada.
-Me gustaría saber si es cierto que Alec ha muerto…- titubea, pero no me extraña.- si es así dar el pésame a sus padres…
Mi amigo se acerca enervado dispuesto a abofetear a mi mejor espadachín. Me interpongo para que no le alcance.
-¡Cómo puede decir eso! ¡Es un enemigo de Kniss!
-¡Garel!- al ir su nombre se calma pero sigue mirando con desprecio a Saskia.- Alec por ahora es sólo un príncipe, no tiene nada que ver con las decisiones políticas de su padre.
Me mira, con horror, como si no pudiera imaginar que yo le dijese eso. Se va con paso firme y deduzco que estará molesto durante un tiempo. Saskia se acerca y se disculpa, le resto importancia y le comunico que podrá venir con nosotros.
Mi marido me espera con los caballos ensillados y todo el ejército que nos acompañará, ya en guardia. Puedo ver la cara de enfado de Garel, y como evita mirarme a toda costa, Keneth lo nota, y me mira interrogante. Cuando comenzamos la marcha decido quedarme en la retaguardia, con Saskia, no hablamos, pero su compañía silenciosa me agrada. Garel se retrasa a dar un par de órdenes y nuestras miradas se cruzan, finge no haberme visto. Mi amiga se coloca a mi lado.
-Tú me entiendes ¿no?- asiento.
-Haría lo que fuera por Garel, incluso enfrentarme al enemigo.
-Él haría lo mismo por ti.- no respondo, espero a que Saskia se aleje de nuevo y espoleo mi caballo a la altura de mi marido.
-¿Ocurre algo con Garel?- suelto un suspiro resignado, y él deja el tema.
Antes de caer la noche llegamos a las montañas, que nos harán de cobijo esta noche. Keneth da unas pocas indicaciones y él y yo nos separamos del grupo, encaminándonos hacia un camino pedregoso. Llevamos un cuarto de hora de camino, cuando vislumbramos a lo lejos una luz, titlante. Nos acercamos con sigilo, mi rostro muestra todas mis dudas y él me sostiene la mano con delicadeza cuando bajo del caballo. Ante mis ojos aparece una diminuta cabaña de madera, un pequeño humo de un color extraño sale de la chimenea, estamos en medio del bosque y la sensación es aterradora. Me acerco aún más a Keneth, aunque trato de no mostrarme asustada. Cuando llegamos a la puerta puedo ver que está mohosa, pero mi marido la empuja sin miramientos, ni siquiera llama. Dentro hay una figura, sentada en un taburete, mirando el suelo. Parece que no respira, está inmóvil, y, aunque estoy segura de que nos ha oído entrar, no hace el menor movimiento.
-Soy Keneth.- murmura mi acompañante. En un instante la figura está de pie enfrente de nosotros. Es una mujer, alta, con el cabello de un rubio platino y mechones oscuros. Sus ojos son de un blanco ligeramente metalizado, me traviesan y le noto inspeccionar mi alma. Tiene un rostro dulce y hermoso, infantil, como el de una niña que ha crecido de repente. Entonces me sonríe.
-Tú debes de ser la esposa de Keneth, la reina Syra de Kniss.- no muevo ni un músculo, pero ella hace una elegante reverencia. Lleva un vestido oscuro hasta los pies de anchas mangas, ceñido a la cintura con un trozo de tela a modo de cinturón.
-Syra, esta es mi gran amiga Iraís, ella nos va a ayudar.- Comienzan a hablar en un idioma que no comprendo, Iraís parece encantada de que Keneth haya venido a visitarla. Nos ofrece un té que, pese a su aspecto repugnante, resulta delicioso. Durante al menos una hora permanezco en silencio, dejando que ellos hablen, sin preguntar, si interrumpir. La cabaña de la chica no es precisamente acogedora, la madera está húmeda y el frío te cala hasta los huesos, hay botes con diversos contenidos repartidos por la única habitación. No veo cama ni camastro, tan siquiera unas mantas, tampoco hay comida, sólo olores repugnantes. La voz de Iraís es delicada, pero su hablar rápido y conciso. Cuando acaban ambos se ponen en pie, yo hago lo propio. Nos despedimos se ella y retornamos al campamento con los caballos. Por el camino Keneth me explica qué hacer a continuación. En un lugar cómodo montaremos las tiendas más grandes, en las que Garel y Saskia se harán pasar por nosotros, en cambio, nosotros dos dormiremos en las tiendas barracón. Le miro con firmeza.
-Como el ocurra algo a Garel…- le amenazo, él sonríe.
-Lo sé, eres capaz de cortarme la cabeza con tus propias manos y enfrentarte a todo el ejército de Derán tú sola.- Asiento, dejándole claro que haría exactamente eso. Cuando llegamos a dónde el ejército está apostado se nota la impaciencia, y cuando mi marido explica el plan, la incomprensión.
Al ser ya noche cerrada todos nos metemos en nuestras tiendas, pero antes de ir a la mía me paso por la de Garel. Él me mira con indiferencia, pero yo le sonrío.
-Tienes la orden de que no te pase nada, soldado.- Logro que sonsaque una sonrisita que me tranquiliza.
Aún no he logrado conciliar el sueño cuando suenan unos golpes, inmediatamente después, estallidos. Me levanto a todo correr, y sin pensarlo, tomo mi espada y me lanzo hacia la tienda de Garel. Keneth me sujeta, impidiéndome avanzar.
-Tienes que dormir.- grita.
-No puedo dormir, Garel y todos nosotros estamos en peligro.- Pero no hay peros que valgan, mi marido acerca un paño húmedo a mi rostro y me duermo inmediatamente.
Mi despertar es violento, como si acabase de despertar de una pesadilla. Por mi mente pasan imágenes de Syra, Garel, Keneth e Iraís. Trato de respirar con normalidad, pero de pronto observo como al mi alrededor están reunidas un grupo de sombras, murmurando unas palabras en algún idioma extraño. No puedo por menos que chillar.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Las Hijas de la Luna- XII
Capítulo 12
Aún tardo unos minutos en levantarme, no puedo evitar temblar de miedo, aunque no tardo en descartar a las sombras, ellas no son tan ruidosas.
En efecto, es algo más sorprendente que las sombras, es Éren. Su pelo rubio es débilmente iluminado por una farola. Me pongo un abrigo encima del pijama y bajo tratando de hacer el menor ruido posible. Aún con el abrigo el frío me paraliza momentáneamente. Veo a Éren apoyado en la farola, mirándome con desgana. Me acerco a él fingiendo desinterés y enfado, aunque en verdad disfruto de su presencia.
-Sabes algo de Gwen.- Noto una punzada en el corazón, había tratado de no pensar en ella. La imagino sola, débil, con el pelo enmarañado y los ojos rojos de tanto llorar. Unas diminutas lágrimas resbalan por mis mejillas, lo que hace reaccionar a Éren de inmediato, ya que se tensa y se me acerca con cuidado.
-Lo siento.- Me pone la mano en el brazo con cariño, pero yo le aparto con brusquedad. Mis ojos le miran, acusadores, dejándole bien claro lo que pienso de él. Se muestra sorprendido, parece que me creía incapaz de pensar así de él.
-Pero yo…yo no he tenido nada que ver con su desaparición.- murmura. Parece no encontrar las palabras suficientes.
-Me quieres hacer creer que tras dejar a Gwen sola con vosotros, ella desaparece misteriosamente y ni tú ni tu hermana habéis tenido nada que ver.- He levantado mucho la voz pero ahora eso no me preocupa, él está dolido, pero no parece sentirse culpable.
-Cómo puedes hablar así de mí, Iara, me conoces, sabes que no soy capaz de hacerle nada malo a Gwen.- trata de excusarse por todos los medios, pero no le creo, ya no.
-Antes sí te conocía, pero Éren, has cambiado, ahora es tu hermana quién dirige tu vida. Shyrell nos odiaba a ambas, no lo puedes negar, así que ahora trata de cubrirla a ella.- Él da unos pasos hacia atrás y se apoya en la farola. Mira al suelo y se remueve el pelo.
-Esto no tenía que ser así.- Alza la vista y calva sus ojos verdes en los míos.- Tú tienes que creer en mí.
-No puedo creer en ti, porque ya me has tomado demasiado el pelo. Confié en ti, en tu amor, y lo único que hiciste fue dejarme de lado, me dejaste sola cuando todo empezó a ir mal.- Estoy llorando a lágrima tendida y me pecho se mueve violentamente cada vez que trato de respirar.
-Ese no es el tema ahora, Gwen ha desaparecido y tú me vienes con viejos rencores.- Doy media vuelta y abro la puerta de casa. Me paro un instante para coger aire, entonces me giro.
-La próxima vez que vengan las sombras déjame ir, deja que me marche con Syra, permíteme dejar este mundo que ya no tiene nada para mí.- No puede ocultar su sorpresa.- Porque sé que sabes lo de las sombras, y quizás también lo de Syra.
Entro en casa y me meto en la cama tratado de dormir los minutos que me quedan hasta que suene el despertador.
Cuando bajo a desayunar mi tía me observa fijamente.
-Te he oído salir de casa esta noche.- Me tenso irremediablemente y trato de parecer tranquila.- Os he visto a ti y a Éren. ¿Qué ha ocurrido?
-Sólo que le he dejado bien claro que no quiero saber nada de él.- Tía Margot baja la vista, sé que le caía bien Éren, pero esto es cosa mía.
-Irás a la comisaría hoy.- asiento.
-Pero antes iré a dar una vuelta.- añado. Ella me mira extrañada pero no dice nada.
Hoy no he ido al colegio, todos lo entienden, debe ser complicado que desaparezca tu mejor amiga, murmuran. He pasado toda la mañana en casa de los padres de Gwen, hablando con ellos. La policía dice que la última vez que la vieron fue cuando se despidió de Shyrell y Éren y fue a buscarme.
Al medio día tengo que ir a la comisaría, pero en vez de ir directamente doy un rodeo. Me meto en un callejón estrecho y oscuro y me quedo quieta, guardando un sepulcral silencio.
-Sombras.- digo en voz alta.- Sé que sabéis que estoy aquí. Llevadme con vosotras.- Pasan unos segundos pero el silencio sigue siendo mi único compañero. Empiezo a ponerme nerviosa y a taconear. Trato de visualizar el lugar blanco al que me llevaron, pero tampoco ocurre nada. Oigo unos pasos tras de mí, es Éren.
-¿Cómo sabías que estaba aquí?- Pero no puedo escuchar la respuesta, ya que las sombras me llevan consigo.
Él lugar sigue igual y el mismo ser surge de la nada y se acerca. Estoy inquieta y soy incapaz de mirar directamente a esa criatura.
-Quiero que me llevéis con vosotras.- El ser sonríe, o eso intuyo que hace. Tiende su brazo hacia mí pero yo lo esquivo.- Primero quiero saber dónde está Gwendoline.
Parece que el monstruo lo medita y mira a su alrededor, como si lo consultase con alguien.
-Ese es el nombre de la humana.- Dice con mucho esfuerzo, su voz no es natural, suena como una máquina que repite palabras que alguien desganado le ha dicho.
-La tenéis, sabéis dónde está.- grito, el ser extiende su brazo y trata de atraparme.- Devolvedla, tenéis que devolverla al mundo real.
Noto unas manos que se ciñen a mis hombros y trato de desasirme. Cuando quiero darme cuenta estoy en el callejón desde donde me llevaron las sombras. Éren me sacude con fuerza los hombros.
-¿Qué ha pasado?
-Ellos la tienen.- Y me desvanezco.
Me he despertado brevemente y he visto a mi tía Margot preocupada, pero no puedo evitar volver a dormirme.
-Alguien las está controlando.- Murmura la mayor.
-Eso ya lo sabíamos.- Apostilla la joven.- Ahora sólo falta saber quién.
Me despierto temprano, pero aún así mi marido ya está vestido y se ciñe la espada al cinto.
-Buenos días Syra, hoy partimos a la guerra.- Anuncia.
Aún tardo unos minutos en levantarme, no puedo evitar temblar de miedo, aunque no tardo en descartar a las sombras, ellas no son tan ruidosas.
En efecto, es algo más sorprendente que las sombras, es Éren. Su pelo rubio es débilmente iluminado por una farola. Me pongo un abrigo encima del pijama y bajo tratando de hacer el menor ruido posible. Aún con el abrigo el frío me paraliza momentáneamente. Veo a Éren apoyado en la farola, mirándome con desgana. Me acerco a él fingiendo desinterés y enfado, aunque en verdad disfruto de su presencia.
-Sabes algo de Gwen.- Noto una punzada en el corazón, había tratado de no pensar en ella. La imagino sola, débil, con el pelo enmarañado y los ojos rojos de tanto llorar. Unas diminutas lágrimas resbalan por mis mejillas, lo que hace reaccionar a Éren de inmediato, ya que se tensa y se me acerca con cuidado.
-Lo siento.- Me pone la mano en el brazo con cariño, pero yo le aparto con brusquedad. Mis ojos le miran, acusadores, dejándole bien claro lo que pienso de él. Se muestra sorprendido, parece que me creía incapaz de pensar así de él.
-Pero yo…yo no he tenido nada que ver con su desaparición.- murmura. Parece no encontrar las palabras suficientes.
-Me quieres hacer creer que tras dejar a Gwen sola con vosotros, ella desaparece misteriosamente y ni tú ni tu hermana habéis tenido nada que ver.- He levantado mucho la voz pero ahora eso no me preocupa, él está dolido, pero no parece sentirse culpable.
-Cómo puedes hablar así de mí, Iara, me conoces, sabes que no soy capaz de hacerle nada malo a Gwen.- trata de excusarse por todos los medios, pero no le creo, ya no.
-Antes sí te conocía, pero Éren, has cambiado, ahora es tu hermana quién dirige tu vida. Shyrell nos odiaba a ambas, no lo puedes negar, así que ahora trata de cubrirla a ella.- Él da unos pasos hacia atrás y se apoya en la farola. Mira al suelo y se remueve el pelo.
-Esto no tenía que ser así.- Alza la vista y calva sus ojos verdes en los míos.- Tú tienes que creer en mí.
-No puedo creer en ti, porque ya me has tomado demasiado el pelo. Confié en ti, en tu amor, y lo único que hiciste fue dejarme de lado, me dejaste sola cuando todo empezó a ir mal.- Estoy llorando a lágrima tendida y me pecho se mueve violentamente cada vez que trato de respirar.
-Ese no es el tema ahora, Gwen ha desaparecido y tú me vienes con viejos rencores.- Doy media vuelta y abro la puerta de casa. Me paro un instante para coger aire, entonces me giro.
-La próxima vez que vengan las sombras déjame ir, deja que me marche con Syra, permíteme dejar este mundo que ya no tiene nada para mí.- No puede ocultar su sorpresa.- Porque sé que sabes lo de las sombras, y quizás también lo de Syra.
Entro en casa y me meto en la cama tratado de dormir los minutos que me quedan hasta que suene el despertador.
Cuando bajo a desayunar mi tía me observa fijamente.
-Te he oído salir de casa esta noche.- Me tenso irremediablemente y trato de parecer tranquila.- Os he visto a ti y a Éren. ¿Qué ha ocurrido?
-Sólo que le he dejado bien claro que no quiero saber nada de él.- Tía Margot baja la vista, sé que le caía bien Éren, pero esto es cosa mía.
-Irás a la comisaría hoy.- asiento.
-Pero antes iré a dar una vuelta.- añado. Ella me mira extrañada pero no dice nada.
Hoy no he ido al colegio, todos lo entienden, debe ser complicado que desaparezca tu mejor amiga, murmuran. He pasado toda la mañana en casa de los padres de Gwen, hablando con ellos. La policía dice que la última vez que la vieron fue cuando se despidió de Shyrell y Éren y fue a buscarme.
Al medio día tengo que ir a la comisaría, pero en vez de ir directamente doy un rodeo. Me meto en un callejón estrecho y oscuro y me quedo quieta, guardando un sepulcral silencio.
-Sombras.- digo en voz alta.- Sé que sabéis que estoy aquí. Llevadme con vosotras.- Pasan unos segundos pero el silencio sigue siendo mi único compañero. Empiezo a ponerme nerviosa y a taconear. Trato de visualizar el lugar blanco al que me llevaron, pero tampoco ocurre nada. Oigo unos pasos tras de mí, es Éren.
-¿Cómo sabías que estaba aquí?- Pero no puedo escuchar la respuesta, ya que las sombras me llevan consigo.
Él lugar sigue igual y el mismo ser surge de la nada y se acerca. Estoy inquieta y soy incapaz de mirar directamente a esa criatura.
-Quiero que me llevéis con vosotras.- El ser sonríe, o eso intuyo que hace. Tiende su brazo hacia mí pero yo lo esquivo.- Primero quiero saber dónde está Gwendoline.
Parece que el monstruo lo medita y mira a su alrededor, como si lo consultase con alguien.
-Ese es el nombre de la humana.- Dice con mucho esfuerzo, su voz no es natural, suena como una máquina que repite palabras que alguien desganado le ha dicho.
-La tenéis, sabéis dónde está.- grito, el ser extiende su brazo y trata de atraparme.- Devolvedla, tenéis que devolverla al mundo real.
Noto unas manos que se ciñen a mis hombros y trato de desasirme. Cuando quiero darme cuenta estoy en el callejón desde donde me llevaron las sombras. Éren me sacude con fuerza los hombros.
-¿Qué ha pasado?
-Ellos la tienen.- Y me desvanezco.
Me he despertado brevemente y he visto a mi tía Margot preocupada, pero no puedo evitar volver a dormirme.
-Alguien las está controlando.- Murmura la mayor.
-Eso ya lo sabíamos.- Apostilla la joven.- Ahora sólo falta saber quién.
Me despierto temprano, pero aún así mi marido ya está vestido y se ciñe la espada al cinto.
-Buenos días Syra, hoy partimos a la guerra.- Anuncia.
domingo, 14 de noviembre de 2010
Las Hijas de la Luna-XI
Capítulo 11
Miro alternativamente de uno a otro sin comprender nada. Me cubro con las sábanas en una acto reflejo al darme cuenta de que estoy en camisón, ambos ríen. La perplejidad se muestra en mi rostro y ellos se miran entre sí, como pidiéndose permiso para hablar. Al final es Garel el que habla.
-Recuerdas que te desvaneciste.- Asiento, el ser que apareció en ese espacio blanco no ha abandonado mis sueños, tampoco dejo de pensar en Iara.- Te recogimos y te llevamos a tus aposentos.- comienzo a enrojecerme. Garel pone una sonrisa picarona y bajo la cabeza.
-Pedimos a una de tus damas de compañía que te cambiase.- ataja Kenth al ver la tensión que se ha creado.
-¿Y dónde has dormido?- le pregunto con sincera preocupación.
-Aquí.- sonríe, y me fijo que lleva la ropa de dormir. Trato de respirar con normalidad, es mi marido, es lo lógico. Noto que Garel está incómodo. Cruzo un par de miradas con mi Consejero.- Es una larga historia. Arréglate para la Coronación y te la cuento.
Trato de sonreír pero tengo la mente demasiado embotada. Cuando los dos chicos salen por la puerta permanezco sentada, en silencio. Ayer vendí mi vida al hijo del rey más despiadado que conozco, ayer perdí a Garel para siempre, hoy tomaré las riendas me mi reino, hoy sentenciaré mi destino. Pienso en Iara, recuerdo que ha ido a hablar con su madre, recuerdo el cementerio y la lápida. En mi habitación cuelga un tapiz tejido a mano con una frase que mi padre dejó para mí “Toma decisiones, si son justas y sensatas, sean cuales sean, síguelas hasta el final”. Él sabía que yo sería reina, ese fue su último consejo. Yo tampoco conocí a mi padre, hay múltiples cuadros suyos por palacio, pero nunca le conocí en persona. Dicen que era un hombre sabio, muy callado, centrado siempre en sus pensamientos, era un rey prudente y bondadoso, pero hacía pagar cara la traición. Casado con la Duquesa de Wollden, pero nadie sabe quién fue su amante, mi madre. Sólo se sabe que meses antes de que yo naciera se le veía muy feliz. El día de mi nacimiento cayó una pesada tormenta, pero el rey insistió en salir y tardó varias horas en volver, cuando lo hizo me llevaba en brazos, parecía fatigado y melancólico. Entró en palacio y me depositó en el trono.
-Ella es mi hija, Syra, será la reina de Kniss.- Tras esto se desmayó, le recogieron y llevaron a sus aposentos, pero el rey moría minutos después. Según los médicos fue el aguacero el causante de su muerte. Su nombre era Darren, como muestra en el tapiz, no parece muy mayor, probablemente no llegase a los treinta. El tapiz le muestra sentado en su trono, imponente, con la corona real, en sus brazos hay un bebé, yo. La parte superior del tapiz reza “Del rey Darren de Kniss a su hija Syra, heredera al trono” y en la parte inferior se encuentra la frase que mi padre dejó como consejo y legado. La orden de hacer este tapiz fue lo último que dijo antes de morir. Dicen que abrió los ojos y con las pocas fuerzas que le quedaban lo describió palmo a palmo, tras esto exhaló su último aliento.
Tengo el corazón encogido, recuerdo esta historia a menudo, pero hoy su presencia y sus palabras están más presentes en mi mente que de costumbre. Tomo aire y me arreglo, ha llegado el gran momento.
La sala del trono está decorada con oro y plata y los asistentes van perfectamente engalanados, si ayer la boda fue majestuosa hoy no es menos. Mi marido me espera en la puerta y me tiende la mano que tomo con una sonrisa sincera, me acerco a su oído.
-Me vas a tener que contar esa historia tan larga.- Su risa es lo último que oigo antes de que las trompetas comiencen a sonar y la gente se levante. Caminamos por el pasillo central, detrás de nosotros camina Garel y otros hombres que serán nombrados ministros. Pienso en lo injusto que es que no haya ministras cuando llego al trono. Es la Regente la encargada de dirigir la ceremonia, primero suelta un pequeño discurso en recuerdo a mi padre, todos bajamos la cabeza y guardamos un minuto de silencio en su memoria. Tras esto la Duquesa de Wollden dice mi nombre, me acerco a ella y me pongo de rodillas, la imposición de la corona debería de ser realizada por mi padre, vuelvo a pensar en sus palabras. Cuando noto el peso de la corona mi corazón late desenfrenadamente, al ponerme de pie la Regente dice mi nombre con solemnidad.
-Syra, reina de Kniss.- se me escapan unas lágrimas de emoción, pero nada se detiene. Inmediatamente después corono a mi esposo como Keneth, rey de Kniss. Tras esto nombro a todos los ministros y también a Garel, como Consejero Real. Veo a Garlión salir de la sala, lo que me extraña. Cuando la ceremonia termina hay preparado un gran banquete en los jardines de palacio. No tengo hambre, así que remuevo la comida que me dan de un lado al otro del plato, pero apenas pruebo bocado, Garel me mira preocupado y Keneth da buena cuenta de los manjares que nos sirven. Cuando la comida finaliza me levanto y me alejo del barullo, sentándome en un banco de piedra. Me gustaría ordenar mis ideas, pero mi marido se sienta a mi lado, relamiéndose de gusto.
-Ha sido una comida exquisita.- comenta con una amplia sonrisa.
-Sí.- murmuro, mientras me fijo en las diferencias entre su sonrisa y la de Garel. A Keneth le salen unos adorables hoyuelos al sonreír.
-Pero si no has probado bocado.- Le miro impresionada.- Que yo como no quiere decir que no vea si tu comes. Eres mi esposa, me preocupa que estés sana.- Bajo la mirada.- Hoy he dormido en tus aposentos para guardar las apariencias,- Conecto todos mis sentidos para escucharle.- Ayer te desvaneciste, pero claro, no podíamos ir diciéndolo a todo el reino, y mucho menos a mi padre.- Suelto un gruñido incontenible y él ríe.- Sí, sé que no os lleváis muy bien. Pero no te preocupes, mi padre no se lleva bien con ninguna mujer, sobre todo si ostenta un cargo de poder.- Le miro con los ojos encendidos de furia.- Tranquila, yo no opino como él.- Relajo los hombros y sonrío.- él piensa que las mujeres sólo sirven para dar hijos, pero yo opino que, si son inteligentes, pueden ser tan capaces como nosotros. Y sé que tú eres muy inteligente.- Este chico me está empezando a gustar, pienso, es inteligente y encantador.- Pero imagínate qué pensaría mi padre si le digo que no hemos consumado nuestro matrimonio en la noche de bodas, pensaría que no sirves para nada y que no vas a tener un heredero para Kniss y Derán.- Asiento.- Así que fingí que pasamos la noche juntos, y he hecho algún comentario como que creo que serás muy fértil para que mi padre no tenga sospechas.- Le doy la razón, hay que cubrirnos las espaldas. Pensándolo bien, tendré que quedarme embarazada pronto si no quiero despertar habladurías. Estoy pensando en eso, preocupada, cuando un mensajero del reino de Derán se acerca y solicita la presencia de Keneth ante su padre, él asiente y se despide con un beso en la frente. Sigo pensando en lo del embarazo cuando noto que Garel se sienta a mi lado, sé que es él, lo huelo, lo siento.
-Parece que estáis tomándoos mucho cariño el principito y tú.- No puedo evitar sonreír.
-Es encantador, creo que me empieza a gustar.- Él baja la mirada y me doy cuenta de que no debería haber dicho eso.
-Te ha contado ya lo que ha tenido que ir diciendo por ahí para que nos sospechen.- Sé que sufre, yo también, pero mi deber como reina está primero, y lo sabe.
-Sí, por lo que se ve tendré que quedarme embarazada pronto si no quiero levantar sospechas.- Me acerco a él.- Garel, sabes que te sigo queriendo, pero soy la reina de Kniss.
-Y yo el hijo de un Consejero.
-Garel, lo has sabido siempre, no creas que a mí no me duele, pero hay que ser realistas.- Me acerco y le beso con ternura, aunque él tarda en corresponder mi beso. Oigo a alguien acercarse y me alejo con cuidado de mi amigo, es Keneth.
-Syra, te necesito en la Sala de Estrategia.- Mira a Garel.- A ti también consejero.
En la Sala de estrategia se encuentra Garlión, dos hombre de Derán y ahora nosotros tres, me sorprende no encontrar a la Regente, pregunto por ella, ahora no es asunto suyo me responden. Garlión preocupado me mira.
-Ha habido una ataque a una de mis ciudades fronterizas.- Me tenso.- Por todos los dioses.- Brama.- Si aún no os hemos presentado en Derán.
Keneth y yo cruzamos una mirada angustiada. Él se gira hacia Garel.
-Consejero, que crees que debemos hacer.- mi amigo tarda en responder, cruzamos una mirada para saber lo que pensamos.
-Debemos lleva un pequeño ejército de Kniss para apoyar al ejército de Derán, así verán que nos hemos unido, si pudiéramos pedir un pequeño ejército de cada país de la Alianza sería mejor.- Todos asentimos.
-Pues dicho está.- sentencia mi marido.- Vamos a la guerra.
No logro dormir, mañana partimos hacia Derán y estoy intranquila. Keneth está a mi lado, luchando también con el sueño, pero eso no me ayuda a tranquilizarme.
Aunque trato de pensar en Syra y recordad la magnificencia de su coronación no puedo evitar pensar en Gwen, sólo de pensar que ha desaparecido se me encoge el corazón. De pronto oigo un golpe en la ventana, como una piedra que ha chocado contra el cristal.
Miro alternativamente de uno a otro sin comprender nada. Me cubro con las sábanas en una acto reflejo al darme cuenta de que estoy en camisón, ambos ríen. La perplejidad se muestra en mi rostro y ellos se miran entre sí, como pidiéndose permiso para hablar. Al final es Garel el que habla.
-Recuerdas que te desvaneciste.- Asiento, el ser que apareció en ese espacio blanco no ha abandonado mis sueños, tampoco dejo de pensar en Iara.- Te recogimos y te llevamos a tus aposentos.- comienzo a enrojecerme. Garel pone una sonrisa picarona y bajo la cabeza.
-Pedimos a una de tus damas de compañía que te cambiase.- ataja Kenth al ver la tensión que se ha creado.
-¿Y dónde has dormido?- le pregunto con sincera preocupación.
-Aquí.- sonríe, y me fijo que lleva la ropa de dormir. Trato de respirar con normalidad, es mi marido, es lo lógico. Noto que Garel está incómodo. Cruzo un par de miradas con mi Consejero.- Es una larga historia. Arréglate para la Coronación y te la cuento.
Trato de sonreír pero tengo la mente demasiado embotada. Cuando los dos chicos salen por la puerta permanezco sentada, en silencio. Ayer vendí mi vida al hijo del rey más despiadado que conozco, ayer perdí a Garel para siempre, hoy tomaré las riendas me mi reino, hoy sentenciaré mi destino. Pienso en Iara, recuerdo que ha ido a hablar con su madre, recuerdo el cementerio y la lápida. En mi habitación cuelga un tapiz tejido a mano con una frase que mi padre dejó para mí “Toma decisiones, si son justas y sensatas, sean cuales sean, síguelas hasta el final”. Él sabía que yo sería reina, ese fue su último consejo. Yo tampoco conocí a mi padre, hay múltiples cuadros suyos por palacio, pero nunca le conocí en persona. Dicen que era un hombre sabio, muy callado, centrado siempre en sus pensamientos, era un rey prudente y bondadoso, pero hacía pagar cara la traición. Casado con la Duquesa de Wollden, pero nadie sabe quién fue su amante, mi madre. Sólo se sabe que meses antes de que yo naciera se le veía muy feliz. El día de mi nacimiento cayó una pesada tormenta, pero el rey insistió en salir y tardó varias horas en volver, cuando lo hizo me llevaba en brazos, parecía fatigado y melancólico. Entró en palacio y me depositó en el trono.
-Ella es mi hija, Syra, será la reina de Kniss.- Tras esto se desmayó, le recogieron y llevaron a sus aposentos, pero el rey moría minutos después. Según los médicos fue el aguacero el causante de su muerte. Su nombre era Darren, como muestra en el tapiz, no parece muy mayor, probablemente no llegase a los treinta. El tapiz le muestra sentado en su trono, imponente, con la corona real, en sus brazos hay un bebé, yo. La parte superior del tapiz reza “Del rey Darren de Kniss a su hija Syra, heredera al trono” y en la parte inferior se encuentra la frase que mi padre dejó como consejo y legado. La orden de hacer este tapiz fue lo último que dijo antes de morir. Dicen que abrió los ojos y con las pocas fuerzas que le quedaban lo describió palmo a palmo, tras esto exhaló su último aliento.
Tengo el corazón encogido, recuerdo esta historia a menudo, pero hoy su presencia y sus palabras están más presentes en mi mente que de costumbre. Tomo aire y me arreglo, ha llegado el gran momento.
La sala del trono está decorada con oro y plata y los asistentes van perfectamente engalanados, si ayer la boda fue majestuosa hoy no es menos. Mi marido me espera en la puerta y me tiende la mano que tomo con una sonrisa sincera, me acerco a su oído.
-Me vas a tener que contar esa historia tan larga.- Su risa es lo último que oigo antes de que las trompetas comiencen a sonar y la gente se levante. Caminamos por el pasillo central, detrás de nosotros camina Garel y otros hombres que serán nombrados ministros. Pienso en lo injusto que es que no haya ministras cuando llego al trono. Es la Regente la encargada de dirigir la ceremonia, primero suelta un pequeño discurso en recuerdo a mi padre, todos bajamos la cabeza y guardamos un minuto de silencio en su memoria. Tras esto la Duquesa de Wollden dice mi nombre, me acerco a ella y me pongo de rodillas, la imposición de la corona debería de ser realizada por mi padre, vuelvo a pensar en sus palabras. Cuando noto el peso de la corona mi corazón late desenfrenadamente, al ponerme de pie la Regente dice mi nombre con solemnidad.
-Syra, reina de Kniss.- se me escapan unas lágrimas de emoción, pero nada se detiene. Inmediatamente después corono a mi esposo como Keneth, rey de Kniss. Tras esto nombro a todos los ministros y también a Garel, como Consejero Real. Veo a Garlión salir de la sala, lo que me extraña. Cuando la ceremonia termina hay preparado un gran banquete en los jardines de palacio. No tengo hambre, así que remuevo la comida que me dan de un lado al otro del plato, pero apenas pruebo bocado, Garel me mira preocupado y Keneth da buena cuenta de los manjares que nos sirven. Cuando la comida finaliza me levanto y me alejo del barullo, sentándome en un banco de piedra. Me gustaría ordenar mis ideas, pero mi marido se sienta a mi lado, relamiéndose de gusto.
-Ha sido una comida exquisita.- comenta con una amplia sonrisa.
-Sí.- murmuro, mientras me fijo en las diferencias entre su sonrisa y la de Garel. A Keneth le salen unos adorables hoyuelos al sonreír.
-Pero si no has probado bocado.- Le miro impresionada.- Que yo como no quiere decir que no vea si tu comes. Eres mi esposa, me preocupa que estés sana.- Bajo la mirada.- Hoy he dormido en tus aposentos para guardar las apariencias,- Conecto todos mis sentidos para escucharle.- Ayer te desvaneciste, pero claro, no podíamos ir diciéndolo a todo el reino, y mucho menos a mi padre.- Suelto un gruñido incontenible y él ríe.- Sí, sé que no os lleváis muy bien. Pero no te preocupes, mi padre no se lleva bien con ninguna mujer, sobre todo si ostenta un cargo de poder.- Le miro con los ojos encendidos de furia.- Tranquila, yo no opino como él.- Relajo los hombros y sonrío.- él piensa que las mujeres sólo sirven para dar hijos, pero yo opino que, si son inteligentes, pueden ser tan capaces como nosotros. Y sé que tú eres muy inteligente.- Este chico me está empezando a gustar, pienso, es inteligente y encantador.- Pero imagínate qué pensaría mi padre si le digo que no hemos consumado nuestro matrimonio en la noche de bodas, pensaría que no sirves para nada y que no vas a tener un heredero para Kniss y Derán.- Asiento.- Así que fingí que pasamos la noche juntos, y he hecho algún comentario como que creo que serás muy fértil para que mi padre no tenga sospechas.- Le doy la razón, hay que cubrirnos las espaldas. Pensándolo bien, tendré que quedarme embarazada pronto si no quiero despertar habladurías. Estoy pensando en eso, preocupada, cuando un mensajero del reino de Derán se acerca y solicita la presencia de Keneth ante su padre, él asiente y se despide con un beso en la frente. Sigo pensando en lo del embarazo cuando noto que Garel se sienta a mi lado, sé que es él, lo huelo, lo siento.
-Parece que estáis tomándoos mucho cariño el principito y tú.- No puedo evitar sonreír.
-Es encantador, creo que me empieza a gustar.- Él baja la mirada y me doy cuenta de que no debería haber dicho eso.
-Te ha contado ya lo que ha tenido que ir diciendo por ahí para que nos sospechen.- Sé que sufre, yo también, pero mi deber como reina está primero, y lo sabe.
-Sí, por lo que se ve tendré que quedarme embarazada pronto si no quiero levantar sospechas.- Me acerco a él.- Garel, sabes que te sigo queriendo, pero soy la reina de Kniss.
-Y yo el hijo de un Consejero.
-Garel, lo has sabido siempre, no creas que a mí no me duele, pero hay que ser realistas.- Me acerco y le beso con ternura, aunque él tarda en corresponder mi beso. Oigo a alguien acercarse y me alejo con cuidado de mi amigo, es Keneth.
-Syra, te necesito en la Sala de Estrategia.- Mira a Garel.- A ti también consejero.
En la Sala de estrategia se encuentra Garlión, dos hombre de Derán y ahora nosotros tres, me sorprende no encontrar a la Regente, pregunto por ella, ahora no es asunto suyo me responden. Garlión preocupado me mira.
-Ha habido una ataque a una de mis ciudades fronterizas.- Me tenso.- Por todos los dioses.- Brama.- Si aún no os hemos presentado en Derán.
Keneth y yo cruzamos una mirada angustiada. Él se gira hacia Garel.
-Consejero, que crees que debemos hacer.- mi amigo tarda en responder, cruzamos una mirada para saber lo que pensamos.
-Debemos lleva un pequeño ejército de Kniss para apoyar al ejército de Derán, así verán que nos hemos unido, si pudiéramos pedir un pequeño ejército de cada país de la Alianza sería mejor.- Todos asentimos.
-Pues dicho está.- sentencia mi marido.- Vamos a la guerra.
No logro dormir, mañana partimos hacia Derán y estoy intranquila. Keneth está a mi lado, luchando también con el sueño, pero eso no me ayuda a tranquilizarme.
Aunque trato de pensar en Syra y recordad la magnificencia de su coronación no puedo evitar pensar en Gwen, sólo de pensar que ha desaparecido se me encoge el corazón. De pronto oigo un golpe en la ventana, como una piedra que ha chocado contra el cristal.
domingo, 7 de noviembre de 2010
La Hijas de la Luna- X
Capítulo 10
Me cuesta acostumbrar la vista a la oscuridad, estoy demasiado abstraída pensando en Syra como para preocuparme de si las sombras están ahí. Es curioso lo que ha pasado, primero me han cogido a mí y me han preguntado por ella, después la han cogido a ella y le han preguntado por mí, pero no han sido capaces de cogernos a la vez. Estaría bien, supongo, conocer al fin en persona a Syra, que se acaba de casar. Tiene la misma edad que yo y está casada, me llama poderosamente la atención. Pero hay algo más que hace que no logre pegar ojo, es la frase del preso, cuando le decía que podía pagar a quién le dijese dónde estaba su padre. Eso me hace pensar en mi madre. Miro el reloj, es muy temprano. Me levanto decidida, tras vestirme, salgo de casa tratando de hacer el menor ruido posible. Mis pies me llevan automáticamente a dónde quiero ir, al cementerio municipal. No tardo en encontrar lo que ando buscando, la tumba de mi madre. El Campo Santo está muy tranquilo, apenas se oyen a los pájaros en los cipreses, que se levantan imponentes, vigilando, como guardianes atemporales, el descanso de las almas de los difuntos. Aquí el aire es siempre puro, parece que la contaminación de la ciudad no logra traspasar las puertas de este lugar. Siempre que vengo al cementerio me siento en una roca que hay justo enfrente de la tumba de mi madre, antes cojo unas margaritas de la entrada, dónde siempre hay unas cuantas flores solitarias. Miro la lápida que tengo enfrente, de un gris plomizo, es seria y neutra, como todas las de alrededor. El nombre de mi madre aparece esculpido en letras demasiado rectas “ELAINE”. Cada vez que vengo me detengo a mirar las letras, trato de imaginar el rostro de mi madre a través de de su nombre, siempre la imagino sentada en un banco, con un vestido blanco, cabellos oscuros cayendo sobre su espalda, su melena más larga que la mía, pero sus ojos son oscuros, su belleza clásica, rostros dulce, manos serenas y delicadas, una sonrisa sincera y abierta. No he conocido a mi madre, murió cuando yo nací, y de mi padre no sé nada. En voz baja relato a mi madre lo que ha ocurrido con Syra, lo de las sombras, también le relato los problemas con Éren y su manipuladora hermana. Cuando he acabado de explicarle todo me siento mejor, le dedico una última sonrisa y vuelvo a casa con paso cansino y pensativo. Al entrar veo que mi tía no me ha echado de menos, la verdad es que es demasiado pronto para que me haya sonado el despertador. Es por eso por lo que cuando me ve entrar por la puerta se le atraganta el café. Sonrío para tranquilizarle.
-Estaba viendo a mamá.- Le comunico. Siempre que se acuerda de su hermana tía Margot pone una sonrisa melancólica y me mira con cariño, supongo que tratando de ver en mí algún rastro de ella. Me preparo el desayuno y ambas nos sentamos. Al principio el silencio es palpable, pero entonces hago la pregunta que siempre me gusta hacer.
-¿Cómo era mi madre?- mi tía suspira y se lleva una tostada a los labios.
-Era una mujer magnífica.- Lo sé, pienso, lo llevo sabiendo desde que era niña.- Muy inteligente, guapa, divertida, muy buena.- Se ríe de algo que sólo ella conoce.- También era muy testaruda e impulsiva. Tenía el pelo de un color parecido al tuyo, pero más largo, pero sus ojos eras oscuros, supongo que los tuyos los habrás sacado de tu padre.- Mientras que mi tía siempre está dispuesta a hablar de mi madre, me enseña fotos de ella y me cuenta anécdotas, mi padre es un tema tabú.
-¿Quién es mi padre?- pregunto, siempre he querido saberlo. Me duele pensar que puede estar vivo pero que mi tía no quiera decirme quién es sólo porque no se quedó conmigo cuando nací, porque ella tuvo que hacerse cargo de mí y no ha podido tener una vida.
- Tu madre era una mujer muy lista, era investigadora, había estudiado Historia y Literatura.- Ya estaba cambiando de tema.- Supongo que fue investigando uno de sus temas cuando conoció a tu padre.- Me tensé sin pensarlo.- Sólo le vi una vez, era un hombre atractivo, tu madre no me lo presentó, tenía el pelo oscuro y los ojos claros, de un tono cercano al verde. Cuando le vi estaba besándola, se veía que la quería, antes de despedirse tocó su vientre y sonrió, parecía orgulloso. No volví a saber de él, el día que tu madre te tuvo no estaba en el hospital. Acompañé a tu madre hasta el paritorio, justo antes de entrar le pregunté por tu padre, sonrió.
-Está, créeme, está.- Y entró, pero yo no le vi por ninguna parte. Cuando volví a verla estaba realmente deteriorada, postrada en la cama, respiraba con dificultad, te miraba con cariño, pero sus brazos apenas tenían fuerza para sostenerte. Entonces me miró, con el rostro cubierto de lágrimas y de sudor.
-Esta es Iara.- asentí y me ofrecí para ir a por algo de comer. Cuando volví, tu madre había muerto. Tú seguías en sus brazos, llorando desesperadamente, te cogí y comencé a llamar a las enfermeras, pero nadie supo decirme la razón del fallecimiento de tu madre. Durante unos mese busqué arduamente a tu padre, pero nunca lo encontré, por lo tanto yo me quedé con tu custodia.
Ambas lloramos a mares, es un momento intenso, en el que parece que todo a nuestro alrededor se ha parado y sólo las palabras de mi tía ocupan el tiempo y el espacio. Trato de respirar con dificultad, se ha hecho tarde, el reloj de la cocina me confirma que no se ha parado el tiempo como esperaba. Me despido de tía Margot con un beso en la mejilla y salgo disparada, tras coger la mochila. He perdido el autobús así que voy andando, lo que hace que llegue aún más tarde. Cuando el profesor acaba de echarme la bronca me siento en mi sitio con aire distraído, Gwen no está en clase, pero no me extraña, seguro que cuando me fui de casa de Shyrell esta empezó a meterse con ella y a hacérselo pasar fatal. Me siento culpable y me prometo ir a casa de Gwendoline cuando acaben las clases. Pero cuando salgo Éren me espera apoyado en la pared. Paso a su lado fingiendo no verle.
-Iara.- tardo aún unos segundos en girarme, parece preocupado.
-¿Estás bien?- Asiento y continúo andando, él comienza a caminar a mi lado. Permanecemos ambos en silencio contemplando el suelo fingiendo interés. Me siento cohibida ya que en el fondo de mi corazón estoy encantada de que Éren se preocupe de mí, de que camine a mi lado, pero por otro lado sé todo el daño que me ha hecho. Durante esos silenciosos minutos fantaseo con sus besos, con los pasados y los que deseo en el futuro. Imagino cientos de veces que me coge de pronto y me besa. Con cada bocanada de aire, cada segundo que pasa, mis fantasías se acrecientan.
-Ayer.- comienza, dejo de respirar momentáneamente.- Te desvaneciste de pronto.- parece que se le corta la voz.- qué ocurrió.
Por mi mente desfilan las imágenes, las sombras envolviéndome, el ser que surgía de ese blanco sucio, sus palabras, que preguntaban por Syra. Recuerdo de pronto unas palabras de Éren y su hermana.
-Me pedisteis que no me fuera.- empiezo a decir, juraría que su rostro ha palidecido.- A dónde os referías.
Se queda cortado, veo en sus ojos que trata de inventar alguna excusa rápidamente.
-Te vimos palidecer y perder el equilibrio, supusimos que ibas a desmayarte.- No me apetece discutir. Tras un trecho más en silencio llegamos a casa de Gwen. Permanecemos unos instantes mirándonos el uno al otro, en silencio.
-Tengo que ver a Gwen.- Anuncio, él asiente sin demasiado convencimiento. Mi corazón se acelera esperando un beso, que nunca llega. Le veo alejarse mirando al suelo. Trato de contener mi rabia y pateo disimuladamente el suelo. Cuando logro respirar diez veces sin tener ganas de chillar llamo a la casa de Gwendoline. Su madre me abre.
-¿Está Gwen?- Pregunto con una fingida sonrisa radiante.
-Pero no estaba contigo.- me pregunta preocupada. Niego con la cabeza.- Pensaba que había pasado la noche en tu casa, no contesta al teléfono y no ha venido a dormir.
Ambas nos empezamos a preocupar. Su madre llama a la policía. Cuando llegan los agentes nos interrogan. Yo les cuento que estuvimos en casa de Éren y Shyrell, pero parecen bastante incrédulos, probablemente piensan que ha pasado la noche en casa de algún chico. Pero de ser así, pienso, me hubiese llamado por la mañana para contarlo todo con detalle. Al final la madre de Gwen me manda a casa, cuando se lo cuento a mi tía no da crédito.
Tardo mucho en conciliar el sueño, Gwen y Éren ocupan mi mente impidiéndome dormir.
Despierto con un fuerte dolor de cabeza. Entre las preocupaciones de Iara y las mías propias, apenas puedo dormir. Cuando logro situarme recuerdo el día de ayer, la charla con el falso Alec que se quitó la vida ante mis propios ojos, el beso con Garel, la boda, las sombras en el pasillo, el ser misterioso del lugar blanco, tras eso no recuerdo nada. Abro los ojos lentamente al notar que alguien me sostiene la mano. Es Garel, que me mira con cariño, estoy tendida en mi cama, él está a los pies de la cama, sujetándome la mano con cariño. De pronto caigo en la cuenta de que esto no tendría que ser así, debería estar con mi marido, Garel tendría que estar aquí. Me incorporo bruscamente y contengo un chillo desesperado.
-Qué haces aquí Garel. Dónde está mi marido.- Grito histérica.
-Estoy aquí.- Dice la voz de Keneth, que está de pie al otro lado de la cama. Suspiro aliviada.
Me cuesta acostumbrar la vista a la oscuridad, estoy demasiado abstraída pensando en Syra como para preocuparme de si las sombras están ahí. Es curioso lo que ha pasado, primero me han cogido a mí y me han preguntado por ella, después la han cogido a ella y le han preguntado por mí, pero no han sido capaces de cogernos a la vez. Estaría bien, supongo, conocer al fin en persona a Syra, que se acaba de casar. Tiene la misma edad que yo y está casada, me llama poderosamente la atención. Pero hay algo más que hace que no logre pegar ojo, es la frase del preso, cuando le decía que podía pagar a quién le dijese dónde estaba su padre. Eso me hace pensar en mi madre. Miro el reloj, es muy temprano. Me levanto decidida, tras vestirme, salgo de casa tratando de hacer el menor ruido posible. Mis pies me llevan automáticamente a dónde quiero ir, al cementerio municipal. No tardo en encontrar lo que ando buscando, la tumba de mi madre. El Campo Santo está muy tranquilo, apenas se oyen a los pájaros en los cipreses, que se levantan imponentes, vigilando, como guardianes atemporales, el descanso de las almas de los difuntos. Aquí el aire es siempre puro, parece que la contaminación de la ciudad no logra traspasar las puertas de este lugar. Siempre que vengo al cementerio me siento en una roca que hay justo enfrente de la tumba de mi madre, antes cojo unas margaritas de la entrada, dónde siempre hay unas cuantas flores solitarias. Miro la lápida que tengo enfrente, de un gris plomizo, es seria y neutra, como todas las de alrededor. El nombre de mi madre aparece esculpido en letras demasiado rectas “ELAINE”. Cada vez que vengo me detengo a mirar las letras, trato de imaginar el rostro de mi madre a través de de su nombre, siempre la imagino sentada en un banco, con un vestido blanco, cabellos oscuros cayendo sobre su espalda, su melena más larga que la mía, pero sus ojos son oscuros, su belleza clásica, rostros dulce, manos serenas y delicadas, una sonrisa sincera y abierta. No he conocido a mi madre, murió cuando yo nací, y de mi padre no sé nada. En voz baja relato a mi madre lo que ha ocurrido con Syra, lo de las sombras, también le relato los problemas con Éren y su manipuladora hermana. Cuando he acabado de explicarle todo me siento mejor, le dedico una última sonrisa y vuelvo a casa con paso cansino y pensativo. Al entrar veo que mi tía no me ha echado de menos, la verdad es que es demasiado pronto para que me haya sonado el despertador. Es por eso por lo que cuando me ve entrar por la puerta se le atraganta el café. Sonrío para tranquilizarle.
-Estaba viendo a mamá.- Le comunico. Siempre que se acuerda de su hermana tía Margot pone una sonrisa melancólica y me mira con cariño, supongo que tratando de ver en mí algún rastro de ella. Me preparo el desayuno y ambas nos sentamos. Al principio el silencio es palpable, pero entonces hago la pregunta que siempre me gusta hacer.
-¿Cómo era mi madre?- mi tía suspira y se lleva una tostada a los labios.
-Era una mujer magnífica.- Lo sé, pienso, lo llevo sabiendo desde que era niña.- Muy inteligente, guapa, divertida, muy buena.- Se ríe de algo que sólo ella conoce.- También era muy testaruda e impulsiva. Tenía el pelo de un color parecido al tuyo, pero más largo, pero sus ojos eras oscuros, supongo que los tuyos los habrás sacado de tu padre.- Mientras que mi tía siempre está dispuesta a hablar de mi madre, me enseña fotos de ella y me cuenta anécdotas, mi padre es un tema tabú.
-¿Quién es mi padre?- pregunto, siempre he querido saberlo. Me duele pensar que puede estar vivo pero que mi tía no quiera decirme quién es sólo porque no se quedó conmigo cuando nací, porque ella tuvo que hacerse cargo de mí y no ha podido tener una vida.
- Tu madre era una mujer muy lista, era investigadora, había estudiado Historia y Literatura.- Ya estaba cambiando de tema.- Supongo que fue investigando uno de sus temas cuando conoció a tu padre.- Me tensé sin pensarlo.- Sólo le vi una vez, era un hombre atractivo, tu madre no me lo presentó, tenía el pelo oscuro y los ojos claros, de un tono cercano al verde. Cuando le vi estaba besándola, se veía que la quería, antes de despedirse tocó su vientre y sonrió, parecía orgulloso. No volví a saber de él, el día que tu madre te tuvo no estaba en el hospital. Acompañé a tu madre hasta el paritorio, justo antes de entrar le pregunté por tu padre, sonrió.
-Está, créeme, está.- Y entró, pero yo no le vi por ninguna parte. Cuando volví a verla estaba realmente deteriorada, postrada en la cama, respiraba con dificultad, te miraba con cariño, pero sus brazos apenas tenían fuerza para sostenerte. Entonces me miró, con el rostro cubierto de lágrimas y de sudor.
-Esta es Iara.- asentí y me ofrecí para ir a por algo de comer. Cuando volví, tu madre había muerto. Tú seguías en sus brazos, llorando desesperadamente, te cogí y comencé a llamar a las enfermeras, pero nadie supo decirme la razón del fallecimiento de tu madre. Durante unos mese busqué arduamente a tu padre, pero nunca lo encontré, por lo tanto yo me quedé con tu custodia.
Ambas lloramos a mares, es un momento intenso, en el que parece que todo a nuestro alrededor se ha parado y sólo las palabras de mi tía ocupan el tiempo y el espacio. Trato de respirar con dificultad, se ha hecho tarde, el reloj de la cocina me confirma que no se ha parado el tiempo como esperaba. Me despido de tía Margot con un beso en la mejilla y salgo disparada, tras coger la mochila. He perdido el autobús así que voy andando, lo que hace que llegue aún más tarde. Cuando el profesor acaba de echarme la bronca me siento en mi sitio con aire distraído, Gwen no está en clase, pero no me extraña, seguro que cuando me fui de casa de Shyrell esta empezó a meterse con ella y a hacérselo pasar fatal. Me siento culpable y me prometo ir a casa de Gwendoline cuando acaben las clases. Pero cuando salgo Éren me espera apoyado en la pared. Paso a su lado fingiendo no verle.
-Iara.- tardo aún unos segundos en girarme, parece preocupado.
-¿Estás bien?- Asiento y continúo andando, él comienza a caminar a mi lado. Permanecemos ambos en silencio contemplando el suelo fingiendo interés. Me siento cohibida ya que en el fondo de mi corazón estoy encantada de que Éren se preocupe de mí, de que camine a mi lado, pero por otro lado sé todo el daño que me ha hecho. Durante esos silenciosos minutos fantaseo con sus besos, con los pasados y los que deseo en el futuro. Imagino cientos de veces que me coge de pronto y me besa. Con cada bocanada de aire, cada segundo que pasa, mis fantasías se acrecientan.
-Ayer.- comienza, dejo de respirar momentáneamente.- Te desvaneciste de pronto.- parece que se le corta la voz.- qué ocurrió.
Por mi mente desfilan las imágenes, las sombras envolviéndome, el ser que surgía de ese blanco sucio, sus palabras, que preguntaban por Syra. Recuerdo de pronto unas palabras de Éren y su hermana.
-Me pedisteis que no me fuera.- empiezo a decir, juraría que su rostro ha palidecido.- A dónde os referías.
Se queda cortado, veo en sus ojos que trata de inventar alguna excusa rápidamente.
-Te vimos palidecer y perder el equilibrio, supusimos que ibas a desmayarte.- No me apetece discutir. Tras un trecho más en silencio llegamos a casa de Gwen. Permanecemos unos instantes mirándonos el uno al otro, en silencio.
-Tengo que ver a Gwen.- Anuncio, él asiente sin demasiado convencimiento. Mi corazón se acelera esperando un beso, que nunca llega. Le veo alejarse mirando al suelo. Trato de contener mi rabia y pateo disimuladamente el suelo. Cuando logro respirar diez veces sin tener ganas de chillar llamo a la casa de Gwendoline. Su madre me abre.
-¿Está Gwen?- Pregunto con una fingida sonrisa radiante.
-Pero no estaba contigo.- me pregunta preocupada. Niego con la cabeza.- Pensaba que había pasado la noche en tu casa, no contesta al teléfono y no ha venido a dormir.
Ambas nos empezamos a preocupar. Su madre llama a la policía. Cuando llegan los agentes nos interrogan. Yo les cuento que estuvimos en casa de Éren y Shyrell, pero parecen bastante incrédulos, probablemente piensan que ha pasado la noche en casa de algún chico. Pero de ser así, pienso, me hubiese llamado por la mañana para contarlo todo con detalle. Al final la madre de Gwen me manda a casa, cuando se lo cuento a mi tía no da crédito.
Tardo mucho en conciliar el sueño, Gwen y Éren ocupan mi mente impidiéndome dormir.
Despierto con un fuerte dolor de cabeza. Entre las preocupaciones de Iara y las mías propias, apenas puedo dormir. Cuando logro situarme recuerdo el día de ayer, la charla con el falso Alec que se quitó la vida ante mis propios ojos, el beso con Garel, la boda, las sombras en el pasillo, el ser misterioso del lugar blanco, tras eso no recuerdo nada. Abro los ojos lentamente al notar que alguien me sostiene la mano. Es Garel, que me mira con cariño, estoy tendida en mi cama, él está a los pies de la cama, sujetándome la mano con cariño. De pronto caigo en la cuenta de que esto no tendría que ser así, debería estar con mi marido, Garel tendría que estar aquí. Me incorporo bruscamente y contengo un chillo desesperado.
-Qué haces aquí Garel. Dónde está mi marido.- Grito histérica.
-Estoy aquí.- Dice la voz de Keneth, que está de pie al otro lado de la cama. Suspiro aliviada.
martes, 2 de noviembre de 2010
NO a la Homofóbia

Como no, este post viene a raíz de unas noticias que he visto hoy en el telediario y que me han parecido sinceramente vergonzosas. Os las expongo:
-El primer ministro italiano Silvio Berlusconi ha hecho unas polémicas declaraciones tras darse a conocer el amorío que tuvo con una joven marroquí, menor de edad. La frase de la polémica ha sido: " Es mejor que me gusten las mujeres guapas que ser gay"
Como es lógico esta comparación ha levantado muchas ampollas, ya que no se espera esta especie de discriminación por parte de un alto cargo de un Estado.
- Por otro lado la otra noticia que ha hecho saltar chispas es la de que cuatro menores han atacado a un par de hombres por creer que eran homosexuales. Los jóvenes increparon a la pareja su relación y tras esto les apuñalaron, dejando a uno de ellos herido de gravedad por heridas en el abdomen.
Ahora es cuando doy mi opinión y es, sencillamente, que me parece una vergüenza que esto ocurra en pleno siglo XXI, cuando se supone que hemos aprendido a respetar a la gente. De verdad me avergüenza pensar que a día de hoy esté gobernando gente que siga sin ser capaz de respetar a las personas y dejar que amen a quien ellas deseen. Y que jóvenes, menores, se enfrenten y apuñalen a una pareja por creerla gay, me parece muy triste, sobre todo porque los jóvenes son el futuro, y si el futuro no entiende el respeto, mal camino llevamos. Es como la gente que discrimina a las personas de color, razón, que son distintos porque tienen la piel oscura, ¡claro!, pero por la misma regla de tres ellos podrían discriminarte por el hecho de ser blanco.
Sinceramente opino que la única manera de progresar es respetar y mirar hacia delante, no quedarnos anclados en el pasado y que no podemos decir que somos una "sociedad moderna" si aún hoy miramos a la gente de distinta manera según quién les acompañe o de qué color sea su piel.
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